Domingo , septiembre 24 2017
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Patriarcado, imperialismo y reduccionismo: el principio del fin ya se vislumbra

Patriarcado, imperialismo y reduccionismo: el principio del fin ya se vislumbra

¿Qué tipo de desarrollo fue llevado adelante en el Sur durante la Edad de Oro del capitalismo, tras la segunda guerra mundial y la descolonización formal? ¿Cuáles han sido sus consecuencias? El modelo de desarrollo impuesto -y a la vez adoptado- en gran parte del Sur, implicó en primer lugar que los países periféricos, de forma más o menos general, interiorizaran una serie de conceptualizaciones occidentales en múltiples ámbitos. Y esto fue así porque el objetivo no era otro que alcanzar la quimera del “vivir muy bien capitalista” -en palabras de Evo Morales-, y para ello era obviamente necesario importar el modelo del Norte, que vivía su ‘primavera keynesiana’ (aunque escape a este análisis, sería interesante analizar también el rol conceptual del socialismo clásico, quizá ambiguo en algunos países del Sur).

Más allá de la economía política del desarrollo, lo anterior no puede deslindarse del progresivo proceso de transculturación global aún en marcha -con claro predominio eurocéntrico y principalmente anglosajón-, que se ha venido acelerando de forma geométrica en el último medio siglo. Dicho proceso afecta particularmente a los pueblos del Sur, que son desposeídos de toda su riqueza intangible, mientras que Occidente mantiene su life style e incorpora ‘exotismos culturales’, demasiadas veces fetichizados. Invadidos por esta dinámica neoimperialista, los diversos Pueblos Originarios de la Tierra y particularmente las mujeres, han visto como la destrucción provocada por el mal desarrollo está acabando no sólo con la diversidad biosférica (tendiente de forma alarmante hacia un colapso), sino también con la biodiversidad cultural y de género.

En este marco, la mujer occidental ha dado largas luchas y avances en su camino por superar el milenario patriarcado, pero en ese camino el paradigma de pensamiento declinante sólo ofrece la posibilidad de igualarse parcialmente al hombre capitalista, y acceder a sus puestos de poder cualquiera sea el ámbito. La mayor paradoja, quizás, sea que ese camino es a la vez y sutilmente la mayor victoria del patriarcado; de la misma forma que las pseudoindependencias de la periferia fueron una excelente herramienta para consolidar el colonialismo. En ambos casos, se evidencia que la mayor de las victorias para cualquier forma de dominación, es ganar la batalla cultural de modo aparentemente pacífico -o no-, y permitirse la concesión legitimadora de independencia formal a l@s oprimid@s. Así, la consolidación de tal bloqueo del principio femenino -voluntario o no- redunda en las tendencias patriarcales opresoras, megalómanas, estandarizadoras e insostenibles que muestra en toda su crudeza el sistema imperante.

En virtud de todo lo antedicho, la figura de Vandana Shiva se torna de una relevancia superlativa, siendo la principal referente del ecofeminismo revolucionario, pero desde el único estrado escuchado por el Centro: la ciencia y filosofía occidental. Así, desde la legitimad del conocimiento sistemático, la Dra. y activista -física, filósofa, referente ecologista, etc.- propone un feminismo activista que trasciende el patriarcado moderno de la única manera posible: abrazando la Vida y no el desarrollo industrial-capitalista. Luchando, en definitiva, por la reconexión de la mujer con los ciclos de la Naturaleza, ya que su desconexión y desarraigo violento perpetrados por el sistema dominante -a través del mal desarrollo, o el lobo con piel de cordero- son piedra angular del patriarcado predador capitalista. Para graficar esto, y el carácter milenario del imperialismo occidental (¿es realmente el imperialismo la fase superior del capitalismo, o es éste el vehículo estructural que ha permitido mundializar el milenario imperialismo occidental?), baste de ejemplo la imagen de bruja malévola y espeluznante tan difundida en Occidente desde hace más de mil años.

Tales “brujas” no eran otras que las mujeres transmisoras de la sabiduría ancestral europea (o de la phillosophia perennis et universalis), continente que también tuvo a sus pueblos originarios (celtas, íberos, etruscos, etc.) y que también sufrió el imperialismo y la transculturación, durante un largo proceso iniciado hace más de dos mil años. Del mismo modo, el capitalismo posterior extrajo primero plusvalía de los sectores tradicionales europeos, en su insaciable e imprescindible dinámica de reproducción ampliada del capital. Y una vez exprimido tal ‘potencial desarrollable interno’, se inició masivamente el proceso de internacionalización del capital, tal como es explicado por Rosa Luxemburgo. De todo esto podría deducirse que el capitalismo no nace en el siglo XVI alrededor de los burgos, sino que el desarrollo de su ‘semilla transgénica’ -portadora ya de un alto potencial destructor- puede rastrearse hasta la ruptura paradigmática aristotélica, el imperialismo romano, la concepción bíblica judeocristiana, la escolástica tomista, el racionalismo y mecanicismo newtoniano-cartesiano, etc.

Siguiendo el hilo conductor de todo lo expuesto hasta ahora, podríamos plantear la acumulación originaria del capital (fundada en la expulsión de los árabes, la contención de los otomanos y el brutal expolio de flora, fauna, tierra y mineral perpetuado en Abya Yala; todo ello en un contexto mercantilista simple) no como la causa del desarrollo imperial-capitalista, sino como el disparador o ‘fertilizante químico’ de una semilla que es precapitalista. Luego podríamos re-enfocar al capitalismo desde una óptica no estrictamente materialista, en la cual se nos presentaría como un instrumento específico de dominación al servicio de una superestructura dinámica, pero de antiguo origen. Superestructura que finalmente pudo desplegarse plenamente en unas condiciones histórico-materiales específicas, que permitieron la cristalización estructural de este modo de producción en el cual seguimos inmersos.

En síntesis, lo que se propone es que al actual sistema-mundo capitalista puede ser explicado por una superestructura occidental-imperial precapitalista. Y que en base al capitalismo en sus primeros estadios, junto al continuo y sostenido expolio de Abya Yala, evoluciona superestructuralmente a ‘Imperialismo Capitalista Mundial’, de forma contenida hasta que las revoluciones industriales permiten la mundialización acelerada de toda la estructura sistémica. Es ahí cuando comienza a desplegarse en plenitud el paradigma imperialista. Es de notar que el imperialismo belicista moderno no es una invención de Occidente, y que otras formaciones sociales de superestructura monoteísta (otomanos, sionistas, ortodoxos, etc) u oriental (japoneses, mongoles, etc) también lo evidencian. Aun así, otras formaciones sociales etiquetadas de imperiales por la ciencia histórica, como la Confederación del Tawantinsuyö (mal llamado “Imperio Inka”), fueron precursoras en la formación de socialismos milenarios -que no primitivos-, ‘exportando’ a muchos pueblos vecinos desarrollo sostenible, comercio justo y alta cultura, en vez de subdesarrollo y destrucción ecológica.

Ya en la segunda mitad del siglo XX, la dinámica de tal sistema de subyugación llevó a que éste abandonara aparentemente el método opresivo, y mostrara incluso un impostado interés por el desarrollo de los perdedores globales. Para garantizar que tal cambio fuera netamente gatopardista, se profundizó el neocolonialismo cultural y la promesa del ‘progreso para tod@s’, al calor de la primavera keynesiana del Norte. Esto en muchos casos consiguió que fueran los propios líderes del Sur (incluso los no-entregadores) los que condujeran a sus pueblos a la boca del lobo, difundiendo las ‘bondades’ de un cordero que en realidad no era más que piel. Cabe aclarar que para aquellos casos en los que el imperialismo sutil no surtía efecto, nunca dejó de recurrirse a las viejas artimañas sistémicas de dominación. El resultado de todo esto no ha sido otro que la enajenación de pueblos enteros aculturizados o transculturizados -según se considere-, la supresión del principio femenino, la alienación natural del hombre, la destrucción creciente de Gaia, la masificación global de la miseria y no del ‘progreso’, y la persistente dependencia del Sur.

Para las mujeres del Tercer Mundo, este mal desarrollo implicó la distorsión de su vital poder productivo y reproductivo, mediante el robo de sus tierras y la destrucción de su imprescindible producción de subsistencia; así como la desfiguración simbólica y efectiva de su sagrada condición como portadora y protectora de la Vida. Tal conexión con la Vida, la Naturaleza y el Cosmos (influencia lunar) queda -más allá de la obvia gestación- demostrada empíricamente en la increíble potencia fertilizante de la menstruación femenina, o en su capacidad de sincronización cíclica inter pares y en simultáneo con los ciclos lunares. En contraste, tan demostrada queda esa inherente capacidad de conexión como su efectiva alienación actual, lo cual pone de manifiesto la impune dominación no forzosa que ejerce el patriarcado capitalista.

Como imagen de lo antedicho, podrían compararse las ceremonias rituales femeninas de muchos pueblos originarios y el destrato occidental para con el ciclo femenino. En el primero de los casos, son conocidas múltiples comunidades originarias que trabajan y han trabajado la sincronización de todos los ciclos femeninos -y éstos con el ciclo lunar- para conjugar la Vida humana y la Naturaleza, en un acto de fertilización ceremonial de los campos de cultivo. En el segundo, contrasta la demonización de la menstruación incluso como enfermedad, o en el mejor de los casos como algo personal que no debe impedir ninguna de las obligaciones rutinarias de la mujer. Convirtiendo de esta forma la ancestral ceremonia sagrada de conexión natural cíclica, en un elemento desechable cuyo último fin no es la tierra que nos da el sustento, sino los vertederos de todas nuestras miserias.

A pesar de este panorama, que nos alerta de la situación integralmente crítica que atraviesa la Humanidad en estos tiempos, podemos y debemos mantener la esperanza y despertar los gérmenes del cambio. Esta oportunidad se ve acompañada y reforzada por el actual proceso de emergencia de un nuevo paradigma, que puede permitirnos evolucionar ontológica y materialmente de forma armoniosa. Para que esto sea posible, es imperativo revisar la concepción patriarcal dominante, y aceptar la unidad en la diversidad, tanto a nivel de género como en nuestra relación con la Naturaleza. Dicha revisión debe concretarse en una refeminización humana, a modo de discriminación positiva, que rearmonice los principios polares femenino y masculino; los opuestos complementarios a su vez presentes el uno en el otro.

Tal cambio paradigmático, en el Sur podría materializarse (proceso ya iniciado) en una re-evolución holística de los modus vivendi ancestrales; eurocéntricamente tachados de subdesarrollados, como excusa para la imposición del verdadero subdesarrollo de los Pueblos Originarios de la Tierra: el mal desarrollo capitalista. Dicha re-evolución necesita de un marco teórico nuevo que ‘contabilice cualitativamente’ el desarrollo sostenible y armonioso de los pueblos, que decolonice la matriz de pensamiento no sólo de l@s desposeíd@s sino también de los países centrales. Si el desarrollo humano sostenible puede ser definido como la plena expresión humana en armonía con los ciclos naturales, permitiendo la regeneración de la Madre Tierra proveedora de todos los ‘recursos’ que sustentan el sistema-mundo actual; pues entonces no ha habido sistema más subdesarrollado que el capitalista en toda la historia de la Humanidad.

Este vital y complejo cambio que debe afrontar la especie humana de forma perentoria, necesita recuperar la re-productividad y creatividad de la Naturaleza y las mujeres; debe reconceptualizar el sustento familiar de subsistencia y revalorizar el milagro de la vida, términos no contemplados por los indicadores convencionales y sin embargo esenciales para el gran ciclo trófico planetario. Para que todo esto sea posible, los Pueblos de la Tierra debemos despojarnos de la idea colonialista de pobreza cultural, y erradicar las causas y las consecuencias de la verdadera pobreza material. En último término, Occidente debe reconocer el terrible daño infligido a la biodiversidad (incluyendo la cultural) y a la armonía ecológica planetaria (incluyendo la miseria social), lo cual sólo podría ser posible con la consolidación sostenible de un ‘socialismo holístico’. El ser humano no tiene el derecho a destruir el ecosistema que le da vida, a cambio de nada es esto admisible; menos aún en pos de la acumulación de capital y mercancías, impuesta por el actual sistema de dominación mundializado.

Ya para terminar, cabría destacar que este necesario cambio de paradigma específico se encuentra actualmente en un contexto de revolución paradigmática general; es decir, en una etapa de transición donde aún predominan anteriores fundamentos ya caducos, aunque en convivencia y progresivo declinamiento frente a un nuevo proceso de génesis fundamental superador. Dicho proceso se traduce en la creciente emergencia de un nuevo paradigma, que habrá de ser tal no solamente por diferir profundamente en sus ideas-clave respecto a sus estadios previos, sino también por mostrarse más armónico y convergente con otros paradigmas ancestrales de pensamiento. Dicha convergencia (más aún siendo el paradigma occidental el dominante) amplía nuestro horizonte cognitivo y empírico de posibilidades, facilitando un entrelazamiento complejo de las diversas formas de pensamiento humano, tanto modernas como ancestrales.

Esta interconexión sistémica -ni dogmática ni excluyente- contiene en sí el germen para el florecimiento de un Nuevo Paradigma convergente y diverso a la vez; universal, holístico y dinámico. Una gregaria matriz de pensamiento capaz de aunar históricas antinomias dualistas, integrándolas como diversas perspectivas observacionales de un mismo proceso subyacente. Ángulos de observación que por otra parte diversifican la realidad observada, dotando al observador de una capacidad exegético-creadora. Es por esto que disímiles perspectivas observacionales ante un mismo objeto pueden verificarse simultáneamente: cada sujeto es co-responsable de aquello que observa y que ex ante busca validar. Por eso, el Nuevo Paradigma Emergente confirma viejas sospechas sobre uno de los principios de la razón occidental: la idea de sujeto y objeto, de separación entre el observador y lo observado. Asumir a tiempo, pues, tal responsabilidad individual y colectiva de co-crear una nueva realidad, armoniosa y reintegrada en la Naturaleza, quizá sea el mayor reto evolutivo que haya enfrentado hasta hoy la Humanidad.

Facundo Firmenich, Director de CEDESUR.

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