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La ley de amnistía franquista como síntoma de un orden caduco

La ley de amnistía franquista como síntoma de un orden caduco

En las últimas semanas tomó notoriedad en España el pedido de extradición, por parte de la justicia argentina, de varios ministros y funcionarios de la última etapa franquista. A estas personas se les imputan diversos crímenes de lesa humanidad que, en consonancia con el Derecho Internacional, son imprescriptibles. Más aun, estos crímenes pueden ser investigados por terceros países, en virtud del principio de Justicia Universal. El origen de este pedido de extradición deviene de una querella de 2010, presentada en Argentina por víctimas españolas exiliadas. Como era de esperar, la respuesta judicial y política del España fue negativa, amprarándose en la Ley de Amnistía franquista, hija dilecta de la Transición. Y al mismo tiempo, recurriendo al viejo y gastado truco de la falacia ad hominem: esto es, autoexculpándose de toda responsabilidad con el argumento de que “yo seré malo, pero tú más, así que no tienes autoridad para juzgarme”.

La jueza a cargo de la querella es María Servini de Cubría, muy conocida en tierras australes por diversos casos de gran resonancia. Como no podía ser de otra manera, ella tampoco escapa la polémica: algunas de sus acciones han sido catalogadas como muy loables y valientes, pero otras tantas como funcionales al poder político. Destaca por haber sido la primera juez en restituir niños robados a madres torturadas y desaparecidas por los militares argentinos, repartidos cual botín de guerra. También, por el recordado interrogatorio al ex agente de la DINA (la Gestapo de Pinochet) Michael Townley, en el cual éste confesó haber matado al ex vicepresidente y Comandante del Ejército Carlos Prats, leal a Salvador Allende. Meses atrás, Servini estuvo investigando y tomando testimonios en España. Según sus propias declaraciones, contó con la solícita colaboración de la justicia española, incluida la Audiencia Nacional y otras varias instancias judiciales. Con la sola excepción de un Juzgado malagueño, que le impidió realizar una inspección ocular a una de las mayores fosas comunes de la Europa moderna, ubicada en el cementerio de San Rafael.

En este como en otros tantos casos, encontramos que el problema de fondo es siempre el mismo: la salida en falso del franquismo. Así, una aproximación a la realidad histórica aumentada de España, nos permite correlacionar directamente este manto de impunidad con que fue cubierto el franquismo, con la crisis integral por la que atraviesa este complejo y diverso país de países. La Transición fue históricamente muy elogiada, como ejemplo mundial de recuperación democrática y progreso social sin parangón. La reinstaurada monarquía ocuparía la jefatura de un Estado de derecho. Los comunistas podrían serlo sin ser perseguidos, con plena participación en el juego democrático. Las fricciones nacional-territoriales serían absorbidas por un autonomismo filo federal (claro que sin nombrar tal vocablo, a todas luces herético en aquel momento) Y los nacionalismos burgueses de Catalunya y País Vasco serían incluso “inflados” en su representación política estatal, así como en sus cotos de caza protegida para el business. Hasta la izquierda abertzale tendría su parte en esta nueva torta, sin necesidad de desmarcarse rotundamente de ETA.

Frente a tanto dolor previo, esta solución fue para muchos la panacea, o al menos “el mejor de los mundos posibles”. Sin embargo, tan maravilloso cuento no podía ser real sin algún talón de Aquiles. Un peaje que a priori y en pos del bien común, todos consensuaron pagar: un manto de impunidad sobre los desfases franquistas. A ninguno de los reformadores democráticos les pareció en aquel momento un obstáculo insalvable. Máxime teniendo en cuenta que ésa era la llave para abrir la ventana de oportunidad, y dejar atrás 40 años de dictadura. Por eso aquel “pacto de caballeros” cristalizó en la Ley de Amnistía, sin que ¿nadie? imaginara que era un apaño con fecha de caducidad. Sin duda, fue de inestimable ayuda que la Transición se constituyera en ejemplo mundial durante largo tiempo: una vez consumado el truco España despegó, creció y se modernizó, hasta converger “felizmente” con la Europa post soviética. Felicidad que de hecho casi nadie puso nunca en duda, hasta bien entrado el s.XXI.

Así se consolidó el cuasi maravilloso cuento de la Transición española, que se disponía ya a servir felices perdices para todos, decretando el fin de aquella supuesta falacia que resonaba en algunos inconscientes: “son impredecibles los riesgos de avanzar hacia el futuro, sin haber ordenado, objetivado y perdonado el pasado”. Y en ésas andaban los pobladores del Estado español -festejando el fin de su propia historia- cuando estalló la Gran Crisis del XXI, y todo el cuento se vino abajo. Aunque, en honor a la verdad, los síntomas de que algo fallaba son del XXI, pero de unos cuantos años antes: UPyD y Ciutadans abriéndose camino en el españolismo más rancio. Un Estado libre asociado capitaneado por Ibarretxe, con Batasuna en pleno poblando las cárceles. La Nació catalana y su Estatut deshilachados, pero con la “izquierda indepe” -desmantelada por Garzón en el 92- otra vez militando en los barrios. Y hasta el BNG siendo opción de gobierno, con Fraga obligatoriamente jubilado ma non troppo.

Nadie puede decir, entonces, que el encaje general de España no había empezado a tambalearse ya. Mucho antes que la crisis económica, moral y social que atraviesa hoy de forma transversal a todas las “Españas” existentes (sin pretender ofender a nadie). Mucho antes que Podemos y su alternativa a la casta. Mucho antes que Mas y su independentismo de ocasión. Mucho antes que Nicolás y el bulo mediático de que es un simple embustero. Mucho antes que los elefantes y la abdicación “sorpresiva”. Mucho antes que Urdangarin, Bárcenas, y todo el larguísimo etcétera que se ha destapado “inesperadamente”. No, nada de esto fue inesperado. Fue un previsible nudo estomacal vomitado. Las dos Españas mal digeridas. Expulsadas por un cuerpo social persuadido de que estaba sano, cuando sólo estaba sedado por un analgésico de 25 años. De hecho, este nudo gordiano atañe a la sociología, la historia y la psicología social cuanto menos. No sólo a la política, la economía y al encaje de las nacionalidades históricas, compuestos básicos del cóctel analgésico del 78.

Imeginemos: una persona que intuye un trauma de infancia que no identifica, puede cerrar filas internas guardando esa duda en un cofre sellado. Sin embargo, un día siente que de veras algo no cuadra, y acaba dándose cuenta que en realidad es adoptada. Luego averigua que fue un bebé robado y sus padres asesinados… por orden de su padrastro. ¿Podríamos ponernos en ese lugar? Historias de tal calibre no son hipotéticas, Argentina y España pueden dar buena cuenta al respecto. Y, al margen de todo lo demás, estos casos demuestran que hasta los nudos más inconscientes nunca dejan de manifestarse, como mínimo hasta ser comprendidos. Por eso, frente a la crisis del régimen del 78, todos los cambios deberían impulsarse sin abandonar el tacto, apaciguando posibles exabruptos en ambos extremos. La memoria no debe implicar venganza. La memoria sana no olvida nunca, y sin embargo sabe perdonar. Un posible Estado plurinacional del s.XXI, necesita que al menos una parte de la casta se baje del burro. Y dejar que se aten todos los cabos. Y que se hagan todos los duelos. Y que se ejecuten todos los castigos. Porque incluso ya es condición sine qua non, hasta para esa casta, concebir un nuevo marco superador y sostenible en el tiempo.

El problema raigal del Estado español no nació con la guerra civil o el franquismo, dichos fenómenos fueron consecuencias brutales del verdadero nudo. Y éste, para algunos, es tan antiguo como 1714 (fechas del asedio centralista a Barcelona). O como las guerras carlistas del XIX para otros tantos. O, yendo hasta el fondo, como el reparto faccioso y el expolio de Abya Yala (las Américas), genocidio sin igual mediante. La Maldición de Malinche, aquella que cayó míticamente sobre México y toda la América subyugada cuando la mujer de Moctezuma lo abandonó por Hernán Cortés, quizás tenga su reverso español.Y hasta puede que sean dos caras de una misma “maldición”, que se necesitan mutuamente para ser superadas. E incluso quién sabe si retornando hasta el pecado original, quizás nos encontremos con la quintaesencia de otro futuro.

Autor: Facundo Firmenich

 

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